¡Hola!

Soy Francheska Yerrell

Peruana, latina, migrante en Inglaterra, mamá, life coach y coach neurodivergente.

Durante buena parte de mi vida intenté entender por qué podía sentirme tan diferente incluso cuando hacía todo lo posible por pertenecer.

Hoy comprendo que muchas de las respuestas se encontraban dispersas entre mi neurodivergencia, mi historia, mi cuerpo, mi cultura y los contextos que he aprendido a vivir.

Pero llegar a entenderlo no fue una línea recta.

Esta es la historia de cómo pasé de intentar encajar y sobrevivir a empezar a re-conocerme y construir una vida que sí puedo habitar.

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Antes de saber cómo llamarlo, yo ya sabía que me sentía diferente.

Durante buena parte de mi vida me acompañó una pregunta:

¿Por qué algunas cosas que parecían tan naturales para los demás podían costarme tanto a mí?

Intenté responderla con las palabras que tenía disponibles.

Pensé que quizá era demasiado sensible, intensa, distraída, impulsiva o difícil. Había escuchado tantas versiones de mí misma que terminé confundiéndolas con quien yo era.

Crecí en Lima entre mundos que muchas veces parecían contradecirse; estudiaba en un colegio privado y elitista donde aprendí muy pronto que mi piel, mis rasgos, mi apellido y mi manera de comportarme podían convertirse en razones para señalarme.

Y estaba el emporio comercial de Gamarra, mi familia trabajadora, galerías llenas de comerciantes, música chicha, folklore, baile y una Lima muy diferente.

Yo también parecía estar llena de contradicciones. Era inquieta, conversadora, impulsiva y curiosa.

Necesitaba novedad y movimiento, pero también orden. Podía hablar muchísimo y después pasar horas analizando una interacción.

En la escuela aprendí a describirme con algunas palabras: distraída, problemática, desordenada, bruta. Incluso recibí un diagnóstico relacionado con TDAH durante mi infancia. 

Pero tener una palabra no significó comprenderme. No recuerdo que alguien me explicara cómo funcionaba mi cerebro o qué podía necesitar para aprender.

Cuando encontraba profesores pacientes o estudiaba en grupos más pequeños, mis notas mejoraban y mi creatividad aparecía.

No obstante, yo no pensaba; quizá necesito otro entorno para aprender. 

Yo pensaba: “Quizá esta vez conseguí ser suficientemente buena”.

También intentaba descifrar las reglas sociales. Observaba cómo hablaban otras niñas, cómo reaccionaban, qué parecía hacerlas interesar. Copiaba algunas conductas; otras incluso las practicaba frente al espejo. No conocía palabras como masking. Solo sabía que quería pertenecer.

Y no todo tenía que ver con mi manera de aprender o relacionarme. Crecí también en una sociedad atravesada por raza y clase. Recuerdo a una compañera mirando mis manos y diciendo que eran feas, que parecían las manos de su empleada. Los demás se rieron.

También el niño que me gustaba.

Hoy no quiero diagnosticar cada recuerdo desde el futuro. Mi infancia no se explica nada más por el TDAH, el autismo, el bullying, mi familia o el racismo.

Una persona puede estar viviendo varias realidades al mismo tiempo. Pero ahora puedo ver algo con más claridad: lo que los demás veían de mí no contaba toda la historia de lo que estaba ocurriendo dentro de mí.

Aprendí a adaptarme, a observar, a copiar, a construir versiones de mí que parecían funcionar mejor en determinados espacios. Y muchas de aquellas preguntas terminaban apuntando al mismo lugar: 

Debe haber algo malo en mí.

Aprendí a sobrevivir antes de aprender a sostenerme.

Llegué a la adolescencia cargando años de rechazo, dificultades académicas y una relación familiar compleja. Busqué libertad y afecto en lugares donde no siempre hubo cuidado. Tomé decisiones que me pusieron en peligro y hubo personas que cruzaron límites conmigo que jamás debieron cruzar.

Reducir aquellos años a “una adolescente rebelde” sería volver a contar mi historia desde fuera. Había una chica vulnerable intentando sobrevivir emocionalmente con las herramientas que tenía.

A los 17 años quedé embarazada.

Recuerdo escuchar por primera vez el corazón de Keira durante una ecografía. Su llegada no solucionó de manera mágica mi vida, y nunca colocaría sobre mi hija la responsabilidad de haberme salvado, pero sí cambió las preguntas que empecé a realizarme.

Había alguien a quien quería cuidar. Y eso también me obligaba a preguntarme qué vida quería construir yo.

Estudié diseño de modas mientras trabajaba, pasé por diferentes lugares de la industria y emprendí varias veces. Descubrí mi inmensa habilidad creativa, pero también una forma de actuar que durante años mezclé con fortaleza: 

Si algo no funcionaba, hacía más. 

Si me costaba, me esforzaba más. 

Si estaba agotada, persistía.

Aprendí muy bien a sobrevivir. Lo que todavía no sabía era sostenerme.

Empecé entonces una búsqueda que pasó por terapia, libros, yoga, espiritualidad, trabajo corporal y distintas maneras de explorar mis emociones y mis vínculos. No encontré una respuesta universal. Descubrí preguntas más acertadas.

Una de ellas fue:

¿Qué partes de mi historia quería repetir y cuáles necesitaban terminar conmigo?

Y con el tiempo aprendí algo que todavía me acompaña: comprender no es justificar. Puedo comprender la historia de alguien y poner un límite. Puedo amar y decir: “Esto conmigo, no”.

Mi historia no cambió.

Cambió el lente.

Años después conocí a Jake, mi marido, y durante la pandemia viajé a Inglaterra pensando que estaría aquí tres meses, pero mi vida volvió a cambiar.

Terminé en otro país, con otro idioma. Lejos de mi hija, mi familia, mis amistades y mis espacios conocidos. Durante un tiempo, además, atravesé una situación migratoria incierta. Y por primera vez convivía con una pareja.